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La visión romántica de la ruina. John Ruskin

Reseña sobre la visión romántica de la ruina. John Ruskin

Pablo del Árbol Pérez

 

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Introducción. Ejemplo práctico en el río Darro

 

El tema de la restauración, la visión del monumento y su protección ha atravesado diversas épocas a lo largo de la historia con diferentes puntos de vista. Las teorías, visiones y prácticas han ido variando des de las escuelas internacionales hasta las mismas intervenciones directas. Muchas de ellas se consideran actualmente  criterios válidos, aunque no universales, en la intervención en el patrimonio.

 

 

Muchas de las tendencias de intervención han ido de la mano de importantes corrientes de pensamiento, en las cuales la filosofía central de dicha corriente inundaba las muchas ramas de creación artística o de intervención.

 

 

La visión romántica de la ruina, sigue el desarrollo antes comentado. El romanticismo como proceso de creación artística o como proceso descriptivo de la realidad tuvo gran peso a la hora de la intervención en el patrimonio y especialmente en el papel que las ruinas podrían desempeñar.

 

 

Sin ir más lejos, para buscar una base de conocimiento y entendimiento de que perseguía dicha corriente romanticista podemos volver la mirada a la Granada del siglo XVIII. Granada fue en esta época un gran referente romanticista, hecho que provocó que la ciudad fuera visitada por muchos e importantes viajeros románticos como Roberts o incluso que propios personajes populares granadinos como Ángel Ganivet adquirieran un papel social protagonista

 

Aspectos tan singulares de Granada como el río Darro y la Alhambra o en general la trama de la ciudad eran elementos atractivos para los románticos. Tanto fue así que durante la importante época del inicio de los grandes cambios de la ciudad de Granada con fin de ganar caché burgués a costa de eliminar ciertos hitos como el río Darro o la operación de la apertura de la Gran Vía, la visión romanticista de personajes destacables como Ganivet tuvieron cierto peso mediático aunque no fueron escuchadas por las partes implicadas en los mismos.

 

 

En definitiva muchos tachaban esta corriente, y en concreto en el caso de Granada, como una corriente que no era fiel a la verdadera realidad que se presentaba en la ciudad. Podemos poner por ejemplo el caso del embovedado del Darro donde los romanticistas como Ganivet tachaban de copia e imitación a la vez que aberración dicha operación. Con ella se destruiría la sugerente visión del paso del rio por la ciudad creando perspectivas evocadoras y sugerentes. Otros, sin embargo, pensaban que tal paso del río no era más que un foco de insalubridad y un vertedero urbano, que según se encuentra documentado era algo fiel a la realidad.

 

 

Por esto, a modo de introducción, podemos observar un caso práctico que pone de manifiesto cuales son las teorías que esta corriente romanticista podía presentar ante un caso práctico y cuales las reacciones que despertaba.

 

Intervención en el patrimonio. Inicios

 

En el caso de la ruina podemos encontrar historias y casos similares al anterior. A modo de preámbulo es necesario ubicar en qué situación nos encontramos cuando el debate de la visión romántica de la ruina hace su aparición.

 

 

El cuidado de patrimonio cultural tiene una larga historia dentro de las tradiciones de fijación y la reparación de objetos  y en las restauraciones de obras de arte individuales. Aunque las actividades de restauración se remontan a los inicios de la humanidad, como actividad publica y profesional, ésta comenzó entorno al siglo XIX.

 

 

La primera organización o colectivo “profesional” que trabajará entorno al tema de la restauración vendrá a través de la Sociedad para la Protección de Edificios Antiguos del Reino Unido. Se trata de un colectivo muy influenciado por una figura singular e importante como la de John Ruskin aunque la sociedad fue fundada por William Morris en 1877.

 

 

En Francia, durante el mismo período, Viollet-le-Duc seguía una fuerte actividad conservadora aunque con teorías francamente divergentes con las que sustentaba el propio John Ruskin en el Reino Unido. Le-Duc era un arquitecto francés y teórico al que muchos consideran el primer restaurador, cuya principal actividad restauradora se dedico completar obras inconclusas de la época. Su intenso estudio de la arquitectura gótica le permitía “intuir” cuales serían las intenciones de los arquitectos que por diversas razones no habían podido concluir sus obras arquitectónicas. En sus teorías defiende que el restaurador debe ponerse en la piel del arquitecto-creador primitivo; entender el espíritu de la obra y aplicarlo a la reconstrucción de la misma. Trata de devolver al edificio su forma original.

 

 

La llamada “unidad de estilo” perseguía resaltar los aspectos medievales del edificio intervenido, lo cual obligaba a eliminar o al menos alterar los elementos “inferiores” o secundarios añadidos con posterioridad en los momentos renacentista, barroco o neoclásico. Lo cierto es que en muchas ocasiones, las intervenciones violletianas provocaron la desaparición de interesantes añadidos de indudable calidad y valor histórico artístico, así como causaron la ruptura del proceso vital de la obra artística: el intervencionismo indiscriminado borraba de un plumazo las variadas huellas que señalaban el paso del tiempo en el edificio.

 

 

Otros teóricos no consideran a le-Duc como un auténtico conservador o trabajador sobre el patrimonio, ya que consideran que su intervención para dejar la obra en su estado “ideal” o “terminada” no era más que una copia o un engaño para ojos no entendidos. Se achaca a Le-Duc falta de rigor histórico al buscar una recuperación idealizada del edificio, añadiendo incluso partes que nunca habían existido. Sin embargo le-Duc tuvo gran influencia en Europa donde se crearon grandes e importantes escuelas “restauradoras” bajos las tesis de le-Duc. Entre sus principales intervenciones conviene incluir la Abadía de Saint Denis de París, La ciudad medieval de Carcassonne, la Catedral de Lausana o Catedral de Nuestra Señora de París.

 

 

El principal pensador que sustentaba esas tesis contrarias a le-Duc era el propio John Ruskin que defendía la conservación frente a la restauración. A Ruskin se le puede englobar dentro del grupo inicial de los teóricos que apoyaban la visión romántica de la ruina.

 

Tesis contrarias a Viollet-le-Duc. John Ruskin

 

Hijo de un rico comerciante, constructor y promotor, John Ruskin nació en Londres en 1819. Fueron varios los viajes a Europa en su juventud juventud y con su trabajo ejerció enorme influencia en los gustos de los intelectuales victorianos. Entre sus amistades personales, estaba la familia de Robert Baden-Powell, a quien enseñó y vio crecer.

 

 

Ingresó en Oxford donde cobró cierto protagonismo gracias al premio conseguido por su poema «Salsette and Elephanta», y termino graduándose en 1842. Comenzó escribiendo varios volúmenes donde sostenía la superioridad de los paisajistas modernos sobre los viejos maestros.  Sucesivos volúmenes dilataron el tema hasta convertir la obra en un amplio tratado acerca de los principios que debían constituir los fundamentos del arte, lo que contribuyó a consolidar su prestigio como esteta y crítico de arte.

 

 

Su obra escrita destaca por la excelencia de su estilo. Se revela contra el entumecimiento estético y contra los efectos sociales que estaba produciendo la revolución industrial. Su idea de belleza posee una doble naturaleza: la belleza abstracta de las cosas, sin ninguna consideración más que la forma; y la que se puede reconocer tras un proceso de elaboración y trabajo paciente del artista en la obra.

 

Las tesis de John Ruskin a nivel arquitectónico toman como soporte sus propios escritos sobre temas no directamente relacionados con lo constructivo. Representa la conciencia romántica, moralista y literaria, en contraposición a la restauración en estilo, defendiendo la autenticidad histórica.

 

 

Para Ruskin, la vida de un edificio es como la del ser humano: nace, vive y muere. Restaurar un monumento es destruirlo, es crear falsas copias e imitaciones, admitiendo como única operación la conservación para evitar la ruina.

 

 

Es famosa y elocuente esta declaración plasmada en su célebre libro “Las siete lámparas de la arquitectura”: “Velad con vigilancia sobre un viejo edificio; guardadle como mejor podáis y por todos los medios de todo motivo de descalabro. No os preocupéis de la fealdad del recurso de que os valgáis; más vale una muleta que la pérdida de un miembro. Y haced todo esto con ternura, con respeto y una vigilancia incesante y todavía más de una generación nacerá y desaparecerá a la sombra de sus muros. Su última hora sonará finalmente; pero que suene abierta y francamente y que ninguna intervención deshonrosa y falsa venga a privarla de los honores fúnebres del recuerdo”.

 

 

Todo ello viene a plasmar cuales son la verdaderas preocupaciones que rondaban la cabeza de John Ruskin a la hora de encontrarse frente a una restauración o frente a un debate restaurador. Pone en duda el concepto de “estética” o “repristino” que bien ejemplifica la figura de le-Duc para dar un nuevo concepto la ruina. En el fondo este concepto no es más que la extensión focalizada de un tema bien tratado en sus escritos como “Stones of Venice” o las propias “Siete lámpara de la arquitectura”.

 

Visión romántica de la ruina. Continuidad y debate

 

Con lo antes descrito, la ruina adquiere un papel inesperado. Un papel que con anterioridad nadie le había otorgado. La ruina es ahora protagonista. Ruskin no se plantea la belleza de lo que era sino de lo que ahora es; un paisaje abandonado donde la arquitectura yace moribunda es algo muy evocador y muchos escritores y pensadores partirán de esa imagen como medio de inspiración creadora.

 

El debate entre conservación y restauración nació y comienza una andanza que hoy seguimos tratando. La visión romántica de la ruina de Ruskin no fue tan exitosa inicialmente como la visión de Viollet-le-Duc, pero posteriormente ganó seguidores tan importantes e influyentes como Camilo Boito.

 

 

Camilo Boito es considerado como el padre de la restauración científica o del restauro moderno. Inspirador, junto a Gustavo Giovannoni, de la famosa Carta de Atenas, documento internacional que ha servido de punto de partida de los nuevos conceptos sobre la restauración y que ha sido largo tiempo algo así como el evangelio de la restauración.

 

 

Boito se basa en las ideas románticas y moralistas de Ruskin pero sin admitir su visión fatalista del fin del monumento, concibiendo éste como obra arquitectónica e histórica a la vez. No comparte en su totalidad el proceso vividero que la obra arquitectónica atraviesa a lo largo de la historia como si de un ser humano se tratase. Piensa que no hay que dejar morir sino que hay que intervenir aunque sin volver a estados iniciales ya que eso sería ir contra algo que Boito considera intocable.

 

 

Propone, entre otros, la coexistencia de los diferentes estilos que se hallen en el monumento, sin buscar nunca la unidad de estilo, así como diferenciar claramente lo antiguo y el añadido moderno, eliminando los falsos históricos, dejando constancia documental y dando publicidad a lo restaurado o añadido. A la antigua idea de reconstrucción se antepone la de conservación. De esta manera se evita la muerte absoluta de la construcción, haciendo las intervenciones mínimas y siempre con la diferenciación clara de lo nuevo y lo antiguo. Muchos críticos consideran las tesis de Boito muy en contra de las de Ruskin aunque existan unas influencias iniciales, pero sostienen que el propio Ruskin no “soportaría” esas intervenciones que en ocasiones califican de “forzadas”.

 

 Hasta nuestros días

 

Posteriormente, las cartas internaciones, Carta de Atenas (1931), Carta de Venecia (1964), Carta de Ámsterdam (1975), etc., han sido documentos suscritos por expertos de todo el mundo que han ido inspirando las legislaciones de todos los países, dando luz y guiando el camino de la intervención en los monumentos, en un campo científico que, hasta entonces, nunca había sido tratado.

 

Aún con todo, no existe una plena unanimidad en todos los criterios sobre la intervención en los monumentos, lo cual ha dado ocasión a propuestas de teorías distintas para similares casos.

 

Así, la primera mitad larga de este siglo XX ha venido presidida por dos corrientes más o menos contrapuestas que se han denominado conservadores y restauradores. Los primeros en la línea de Boito y sus seguidores, proponiendo el respeto al mensaje histórico, interviniendo en el monumento solamente para su consolidación y reparación pero no para rehacerlo; y los segundos en la línea estilística de Viollet-le-Duc, es decir, terminar la obra inacabada, eliminar aportaciones de estilos anteriores, etc.

 

La inquietud por esta disciplina ha traído importantes aportaciones durante los últimos años, con relación a teorías más evolucionadas y más acordes con el pensamiento moderno.

 

En definitiva la visión romántica de la ruina tiene un largo recorrido, paralelo a la visión romanticista del arte, literatura etc… y que continuainfliyendo en nuestros días a la hora de la intervención en el patrimonio y a la hora de plantear debates entorno a la conservación del mismo.

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